La musica

No es poco salto el de la música, que de la cámara ha pasado al aeropuerto; de la canción protesta a la canción anestesia. De la agitación al somnífero. Se trata de la música ambiental: su objetivo no es arrancar el aplauso del público, sino dormirlo. Suena en las estaciones, en los aeropuertos, en los hoteles, en los grandes almacenes, en lugares donde se prevé el dolor, como la consulta del dentista o la del asesor fiscal.
Un rasgo común engloba a todos esos escenarios: el público no puede escaparse de la música. Aunque cambie de piso, aunque le sobrevengan necesidades en el ascensor, o en el lavabo le seguirán esos violines incansables, que desgranan con el mismo descaro a Verdi que a Mick Jagger. Es el reino de Frank Pourcel, de James Last, de Ray Coniff o del autóctono Luis Cobos. El oyente está atrapado por todos ellos: es la música ambiental.

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